Algunas imágenes de la historia se han quedado grabadas en nuestra retina porque se han convertido en el trágico símbolo de batallas y guerras, fotografías que han dado la vuelta al mundo, y que son el mejor reflejo de un momento concreto del pasado. Quien no conoce, por ejemplo, la instantánea de una niña corriendo desnuda durante la guerra de Vietnam, el padre aferrado al cadáver de su hijo en plena guerra de Siria, o el miedo que se escondía bajos los ojos verdes de una muchacha afgana.
No sólo las fotografías dejaron constancia de las atrocidades bélicas de los últimos tiempos, existen también videos que muestran escenas desgarradoras. Sin duda uno de los más conocidos, es el de un niño japonés rescatado por los soldados estadounidenses temblando de miedo y llorando.

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Ese niño, fue, víctima como muchos otros miles, de una de las batallas más sangrientas que se recuerdan de la II Guerra Mundial, la Batalla de Okinawa, en Japón en 1945, de la que recientemente, el 23 de junio, se ha celebrado su 70 aniversario.

El último año de la II Guerra Mundial, Japón preveía una inminente derrota a manos de EEUU. Después de la Batalla de Iwo Jima pocas islas del archipiélago nipón le quedaban ya por conquistar al ejército norteamericano.

El general Nimitz, era el encargado de las contiendas del Pacífico, en la que sería la única invasión terrestre de EEUU en suelo japonés, produciéndose poco antes de que el Imperio nipón se rindiese después del lanzamiento de las bombas de Hiroshima y Nagasaki.

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En una contienda equiparable al desembarco de Normandía, los norteamericanos se prepararon para atacar la isla, para lo que contaban con 40 portaviones, 20 acorazados, 30 cruceros de batalla y 200 destructores, a lo que se sumaría un ejército de aproximadamente 300000 soldados de infantería y marines (las cifras no son exactas, hay varias opiniones sobre ellas).

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Okinawa se encuentra en el archipiélago de Ryu Kyu, a unos 500km de Japón. Ocupa un lugar estratégico muy útil para campañas bélicas y sobre todo para la invasión de Japón que tanto buscaba los EEUU.
Se comenzó a preparar toda la ofensiva con el nombre en clave de la Operación Iceberg, fijándose como día del desembarco el 1 de abril de 1945, comenzando a bombardear la zona el 25 de marzo de ese mismo año.

Los japoneses, que aún estando preparados contaban con una infraestructura mucho menor, comenzaron su defensa con la puesta en marcha de Kamikazes, pilotos suicidas que estrellaban aviones cargados de explosivos, contra sus enemigos.
Miles de soldados estadounidenses murieron durante estas misiones suicidas japonesas.
En apenas un mes, 1500 pilotos suicidas  perecieron estrellando sus aviones y defendiendo su patria en nombre de su emperador.

Piloto suicida

Piloto suicida

El nombre de kamikaze proviene de un viento divino con dicho nombre, que enviaba la diosa del sol Amaterasu en la que los japoneses tenían mucha fe; el emperador Hiro Hito decía descender directamente de esta diosa por lo que les daba más seguridad. Takijiro Onishi (un contralmirante japonés) ideó la idea, pensando que estos actos, con inspiración divina les harían ganar la guerra. Los pilotos morirían por su país, su emperador y su religión, ya que sus espíritus seguirían viviendo y las familias recibirían grandes honores.
Antes de subir al avión se rezaba una oración, se bebía sake y se ataba a la cabeza un pañuelo llamado  hachimaki que tenía la bandera de Japón y nombre de familiares o poemas de honor Normalmente estos pilotos eran chicos jóvenes comprometidos con la patria.

La contienda en mar y aire antes del desembarco hizo que aquellas costas se convirtieran en un infierno y el mar en un cementerio de cadáveres flotantes.

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El 1 de abril aparece en escena el Acorazado Yamato, una de las mejores naves con las que contaba Japón, para intentar defenderse por mar, ayudada por los kamikazes en el cielo, pero los submarinos del enemigo lo hundirían a los pocos días, dejando aún más indefenso al pueblo de Okinawa.
En esa misma fecha comienzan su desembarco y tres días después ya tenían tomada la mitad de la costa, algo que les resultó muy fácil, ya que ésta no estaba defendida, a medida que avanzaban se dieron cuenta de que las playas estaban vacías y el enemigo parecía no existir. Los soldados no podían entender donde se había metido la población, tanto civil como militar.
La estrategia de los habitantes y las tropas fue la de esconderse y atacar desde las cuevas que proliferaban en toda la isla y los túneles que habían construido.
La utilización de lanzallamas por los estadounidenses fue una de las más utilizadas para intentar acabar con ellos.

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Sin embargo, los ejércitos norteamericanos habían subestimado a los japoneses, si bien el número de hombres con los que contaban los nipones era inferior (unos 120000), estaban bien organizados y situados en frentes estratégicos de la isla: Naha al oeste, Shuri en el centro y Yonabaru en el este.

Esta resistencia dio como resultado una batalla sangrienta, los estadounidenses abrieron todo tipo de fuego, por mar, aire y tierra y los pilotos japoneses, bajo juramento de suicidarse si era necesario siguieron mandando kamikazes hacia los soldados enemigos.
El combate cuerpo a cuerpo no admitía ningún tipo de compasión.

El general que estaba al mando en Okinawa era Mitsuru Ushijima, que buscaba contraofensivas; entre ellas planeó infiltrarse por la noche en la costa Oroku, lo que serviría para rodear al enemigo. Así lo hizo, pero lo que parecía haber sido un éxito, el ataque por sorpresa, se convirtió en fracaso, por lo que los americanos contraatacan a su vez, cogiendo por sorpresa a las tropas de Ushijma por sorpresa y dejando más de 5000 muertos en sólo tres días.

Las contiendas parecían no tener fin y las bajas tanto de civiles como de militares eran muy numerosas. Además comenzaba el mal tiempo en la zona, con resultado de lluvias torrenciales que hacían si cabe el terreno más dificultoso y arrastraban por las montañas los cadáveres que se encontraban por todas partes.
Además las zonas pantanosas eran una trampa para los tanques que no podían avanzar en posiciones.

Naha fue tomada el 17 de mayo y les costó hacerse con ella hasta el 7 de junio. Sauri y Yonabaru acabaron siendo tomadas también, a pesar de que se intentó tener un final pacífico pidiendo los estadounidenses rendición, algo que los japoneses jamás acatarían.

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Así, poco a poco se fueron haciendo con todas las posiciones defensivas de los japoneses en la isla.
Viéndose sitiado, el general Mitsuru Ushijima se suicidó prefiriendo morir antes que ser detenido. A partir de entonces el ejército de Japón se desmorona. La mayoría se quitaron la vida.
La última victoria de los japoneses fue el 18 de junio, cuando un francotirador mató al general norteamericano al mando, llamado curiosamente Simón Bolivar.

A partir del 18 de junio los americanos veáin una plaza segura en Okinawa, aunque algunas minorías siguieron intentando luchar en forma de pequeñas guerrillas.
En esas fechas un número elevado de población civil procedía a suicidarse, familias enteras se envenenaban, se disparaban o se tiraban por los acantilados en masa.
Algunos fueron rescatados de las cuevas donde se escondían, como el niño del que hemos hablado al comenzar el artículo.

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El 22 de junio después de 82 días de lucha, los combates cesaron en la isla, el número de víctimas fue el más numeroso de todas las contiendas del Pacífico. Sólo de población civil tenemos que contar con 140000 muertes y a estas hay que sumarle las de todo el personal militar, unos 96000 por parte de Japón y unos 13000 norteamericanos.

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El resultado de esta batalla, hizo plantearse a EEUU una alternativa a la invasión de la isla principal (Japón) pues no podía permitirse perder tantos hombres, dado que en Okinawa con lo pequeña que era la resistencia había sido tan grande y la batalla tan feroz, que no pasaría si invadiesen Japón.
El resultado de tales planteamientos fue el que llevo a Truman a utilizar el arma más poderosa con que contaba el país: la bomba atómica, que se lanzaría meses más tarde, concretamente el 6 y 9 de agosto respectivamente, en Hiroshima y Nagasaki.

El 15 de agosto Japón se rendía, por lo que se ponía fin a la Guerra del Pacífico y con ello a la II Guerra Mundial.

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Las cuevas y los túneles secretos
Como hemos mencionado a lo largo del artículo, el método de defensa utilizado por los japoneses en Okinawa no era otro que el propio terreno; los civiles se refugiaron en profundas cuevas y los militares, anticipándose a lo que pudiese pasar, construirían una increíble red de túneles – bunker, cuatro meses antes del ataque.

Según sabemos, y por boca de los propios supervivientes de esta batalla, los soldados japoneses obligaron a la población civil a refugiarse en cuevas que abundaban a lo largo de la isla.
Una de las zonas donde más personas se escondieron fueron las cuevas llamadas de Itoman Todoroki.
En ellas, sin apenas víveres, vivían familias enteras; eran cuevas muy abruptas, y el río, que pasaba por debajo, sufría continuas crecidas por lo que muchos morían ahogados; a ésto habría que sumarle que la cueva contaba con unos ciempiés venenosos que con una picadura te matan en poco tiempo.
Pocos sobrevivieron a estas cuevas, muchos murieron de hambre, de disentería, ahogados como hemos dicho, o se suicidaban.

Interior de las cuevas en la actualidad

Interior de las cuevas en la actualidad

Según un superviviente, les obligaron a meterse en la cueva los soldados japoneses, diciéndoles que si salían los americanos les cortarían la cabeza. Eran obligados a permanecer en silencio, pero había un problema, los niños que lloraban no se podían controlar, en consecuencia y sin ninguna piedad, los soldados japoneses ahogaban su llanto con la muerte.
Cuando el enemigo descubrió estos escondites no dudó en lanzar granadas al interior para intentar acabar con todo ser que las ocupase.
Sin embargo al final de la guerra, los pocos que quedaban dentro fueron rescatados, y tratados con cordialidad por las tropas norteamericanas, que les ofrecieron agua, comida y asistencia médica.

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Los túneles fueron utilizados como búnkeres y construidos formando una compleja red, desde donde los militares se escondían del enemigo, y planeaban las batallas y ataques.
El centro de todo estaba en la Península de Oroku, en lo que llamaban la Montaña del Almirante, dirigida por el Almirante Ota.
Sería el centro de la armada marítima japonesa. En estos túneles vivieron sus últimos días tanto el almirante como muchos de sus soldados. Estaba diseñado como un cuartel general y tenía muchas comodidades, ventilación y electricidad. Contaban con salas de reuniones, cocinas, zona médica y habitaciones.
Los túneles estaban revestidos de hormigón, excavados a unos 30 metros bajos tierra, los impactos de las bombas eran inapreciables. Era un lugar seguro.

Túnel con los impactos de granadas

Túnel con los impactos de granadas

Hoy en día son visitables aunque la mayoría de ellos están cerrados por precaución.
En sus paredes, podemos encontrar pequeños agujeros, un marine japonés superviviente explicó que estos agujeros se deben al estallido de granadas al suicidarse. Como hemos visto los japoneses eran dados a suicidarse antes de ser detenidos. La derrota era  la vergüenza para ellos. Tenían tres maneras, con la granada de mano, pegándosela al estómago o a la sien; tomando kusuri, un veneno; o pegándose una pistola a la cabeza y disparando.
Tenían un código de cómo pelear y como morir que se remontaba a los tiempos de los samurais.
Se lucha hasta la muerte y en caso de derrota deberían realizar el rito llamado harakiri o seppuku, para morir. Esta práctica milenaria consistía en abrirse el estómago con un puñal dejando las entrañas a la vista.
El ritual se solía hacer delante de familiares o amigos; comenzaba bebiendo sake. Solían escribir un poema antes de su muerte como último legado.
Luego se vestían de blanco y comenzaban el ritual.
Normalmente contaban con un ayudante (kaishaku) que los mataba cuando el proceso se hacía demasiado doloroso (los decapitaba) ya que debían clavarse la daga por el lado izquierdo, cortar hacia la derecha y volver al centro para realizar un corte vertical hacia el esternón. Al morir debían caer siempre hacía delante y no emitían gritos de dolor ni su cara mudaba ante este sufrimiento.
Morir de esta manera era un privilegio y se veía como algo sagrado, era un privilegio al que no todos podían acceder. Era un honor para los samurais que preferían morir así, que de viejos o por causas naturales.
A veces podía ser impuesto como castigo por un tribunal hacia ladrones o asesinos.
Solo los hombres lo podían realizar, y aunque se abolió en 1873 muchos soldados en la guerra mundial, como venimos contando, hicieron uso de él.

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El almirante Ota, murió de esta manera, su cuerpo lo encontraron en la sala de oficiales del túnel, de hecho podemos ver en la pared, el poema que escribió antes de morir, en el cual dice que morir por el emperador es un honor supremo.

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Sala de oficiales donde se encontró el cuerpo de Ota

La construcción de túneles fue más allá, como los hospitales habían sido destruidos, los japoneses deciden construir un hospital bajo tierra para poder atender sobre todo a los soldados heridos. Para esto además, fueron reclutadas mujeres a la fuerza para que ejerciesen de enfermeras.
En estos túneles las condiciones eran infrahumanas, hileras de camas ocupaban el espacio lúgubre y sombrío y apenas contaban con medios para las curas.
Había tan poco espacio que se metían dos enfermos por cama, lo túneles, estaban reforzados con pilares de madera. Las cuevas apenas medía 2 metros tanto de largo como de alto. El hedor se hacía insoportable, obviamente la ventilación brillaba por su ausencia. No solo la sangre, el pus etc, si no las necesidades que los soldados se hacían encima. Las enfermeras se encargaban de limpiarlos, así como de sacar de las cuevas los cadáveres y los miembros que los cirujanos tenían que ir amputando.

Medicinas encontradas en los túneles hospital

Medicinas encontradas en los túneles hospital

Al acercarse el final de la batalla, cuando las tropas se veían desde la entrada de las cuevas, los oficiales envenenaron a los soldados moribundos para que no pudiesen dar ningún tipo de información al enemigo. Las enfermeras huyeron como pudieron. Tenían más miedo a los propios japoneses que a los enemigos americanos.

Como veis la batalla de Okinawa fue un enfrentamiento bélico singular sin precedentes, y uno de los más feroces de la II Guerra Mundial, que pone de manifiesto la lucha de un pueblo por defenderse.

Monumento a las víctimas en Okinawa

Monumento a las víctimas en Okinawa

<< Quienes se aferran a la vida mueren, quienes desafían a la muerte sobreviven>>Uyesugi Kenshin

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