La religión mesopotámica.

Los primeros documentos escritos se remontan al tercer milenio antes de Cristo y provienen de la cultura sumeria. La zona de Mesopotamia fue testigo del auge de una civilización rica en tradiciones y cuya influencia se extendió por todo el Mediterráneo. La tradición judeo- cristiana, las religiones hititas y cananeas e, incluso, el mundo greco- latino retomó temas e ideas provenientes de los sumerios y los acadios.

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  1. La expansión del Imperio sumerio y acadio.

Las ciudades –templo de los sumerios, que se habían asentado en la zona del Tigris y el Éufrates, se unificaron bajo el cetro de Lugalzaggisi, soberano de Umma, en el 2375 a. C. Con esta unificación se puede ver la primera noción de un Imperio en la historia de la humanidad. Una generación más tarde el rey acadio Sargón sometió a la cultura sumeria quedando los territorios totalmente unidos bajo su reinado. Este jefe se convirtió en una figura legendaria y posibilitó una simbiosis entre las dos culturas, la sumeria y la acadia.

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Un siglo después de Sargón la cultura acadia se vio hostigada por la dominación de un pueblo nómada del alto Tigris, los gutis. Durante otro siglo este pueblo mantuvo el control de Mesopotamia, pero fueron sustituidos por la III Dinastía de Ur. En este momento la cultura sumeria alcanzó su esplendor. Pero acosado por los elamitas al este y por los amorreos al oeste el poderío cayó. Mesopotamia permaneció durante dos siglos dividida en ciudades- estado. Hasta que en 1700 a. C. Hammurabi logró imponer de nuevo la unidad al territorio. Sin embargo, su dinastía no llegó a durar ni un siglo, los cassitas, provenientes del norte, se hicieron con el control hacia el 1525 a. C. El dominio de esta tribu se extendió cuatro siglos.

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  1. Las primeras cosmogonías.

La tradición religiosa de estos pueblos fue de una importancia innegable. Su concepción del cosmos parte en un principio de una triada de grandes dioses, constituidos por An, (cielo), Enlil (dios de la atmosfera) y Enki (señor de la tierra). Sin embargo, An, a pesar de su importancia en el panteón sumerio, tomó pronto las características de un deus otiosus.

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La cosmogonía sumeria y acadia comienza con la representación del caos primordial a través de una divinidad del mar. Papel que jugó Nammu en los primeros textos, pero que posteriormente recayó sobre Tiamat. Esta idea que asocia el caos primordial con el mar y con el agua no es exclusiva de esta tradición, más bien al contrario, se ha constatado su extensión en todo el Mediterráneo y en otras culturas. El propio Génesis parece deudor de esta cosmogonía al partir la creación de Yahveh de la división del mar: “La tierra era caos y confusión y oscuridad por encima del abismo, y un viento de Dios aleteaba por encima de las aguas (…) Dijo Dios: «Haya un firmamento por en medio de las aguas, que las aparte unas de otras»” (Génesis 1, 2 y 6).

En la tradición sumeria esta madre primordial dio lugar a las demás divinidades, An y Enki, que encarnan a los principios masculino y femenino. De su hieros gamos, es decir, unión salió Enlil, el dios de la atmosfera. En algunos textos es Enlil el que separó a sus padres al nacer. Esto muestra un tema común en los mitos arcaicos, la separación del cielo y la tierra- idea que también se ve en el mito judeo- cristiano.

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  1. El Enûma Elis.

Otro mito cosmogónico es el que aparece en el texto Enûma Elis. Aunque la finalidad del escrito es la exaltación de Marduk como divinidad soberana. La fecha de composición de este poema es un tema debatido por los estudiosos. Pero la mayoría de los mismos se decantan por el final del segundo milenio, concretamente con el reinado del rey babilónico Nabuconodosor I (1125- 1103 a. C.) Aunque otros expertos abogan por el periodo cassita. No obstante, hay un aspecto en el que sí se ponen de acuerdo es que supone un cambio en el panteón, ya que el rol principal lo juega un dios que hasta ese momento era considerado menor, Marduk.

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El principio del poema remite de nuevo al caos primordial, representado por la pareja de dioses, Apsu y Tiamat. Dicha pareja engendraron a las demás divinidades, cuyo último fruto es Marduk. La creación en este poema toma un cáliz pesimista, ya que Apsu y Tiamat se propusieron acabar con su descendencia por el ruido que los jóvenes dioses hacen. Se muestra así la nostalgia de la Materia de la inmovilidad primordial, la inercia que precede a la creación.

Ea, nieto de Apsu y Tiamat, se enteró de los propósitos de Apsu de destruirles y decidió adelantarse. Mediante sus conjuros durmió a su abuelo y lo despojó de sus poderes para luego matarlo. Tiamat se quedó al margen de esta primera trifulca, ya que no quiso atentar contra su propia descendencia. Pero cuando Marduk, hijo de Ea, la molesta al jugar con los vientos que había creado y cuando los demás dioses le echan en cara su pasividad ante la muerte de su amante, Tiamat se levanta contra ellos.

En este relato el caos primordial se reviste de unos rasgos demoniacos. Tiamat ya no es sólo la divinidad primordial, sino que engendra una serie de monstruos y demonios. Su creación es de orden negativo. Esta lucha de unas divinidades jóvenes contra el orden anterior en las cosmogonías se puede ver en todo el Mediterráneo.

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Ningún dios se atrevió a enfrentarse a Tiamat y su ejército de monstruos, salvo Marduk. Pero el joven dios puso como condición ser nombrado soberado de todas las demás divinidades. La batalla entre Tiamat y Marduk terminó a favor de éste y con la muerte de la diosa original. Con el cuerpo de Tiamat Marduk forma el universo, de la misma forma que en la mitología nórdica se conforma el cosmos con el cuerpo del gigante Ymir asesinado también por los dioses jóvenes.

La creación de los hombres la realizó Ea de la sangre del nuevo amante de Tiamat y general de sus ejércitos, Kingu. Por lo tanto, tanto el mundo como el hombre están formados por una “materia” demoniaca, lo que marca un cierto pesimismo en el poema. Pero también poseen, tanto el cosmos como la humanidad, una “forma” divina. El cosmos es creado por Marduk, que actúa como Demiurgo (dios ordenador), y el hombre por Ea. Ambos participan de un doble naturaleza, por un lado, material, demoniaca y, por otro, formal y divina. Esta idea tuvo influencia en la filosofía griega, como puede verse claramente en el dualismo platónico.

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Otros mitos de gran importancia se muestran en la tradición sumeria- acadia. Entre ellos cabe destacar: el descenso de la diosa Inanna a los infiernos, el mito del diluvio universal y el poema de Gilgamesh. El primero de los aquí mencionados, el descenso de Inanna o Isthar a los infiernos se encuadra dentro de los mitos de dioses o diosas de la vegetación, como son los de Osiris- Isis o Perséfone y Deméter. El mito del diluvio universal también posee una importancia notable. La versión más conocida es la que proviene de la narración judeo- cristiana. Sin embargo, el mito sumerio es anterior al texto bíblico. Por último, mencionar el poema de Gilgamesh, que representa la búsqueda de la inmortalidad por parte del hombre y es uno de los textos más importantes de esta tradición. La falta de tiempo obliga a dejar el análisis de estos tres relatos para un artículo posterior.

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Bibliografía:

Anónimo, (2014), Enûma Elis. Y otros relatos babilónicos de la creación, edición de Lluís Feliu Mateu y Adelina Millet Albà, Barcelona, ed. Trotta.

Anónimo, (2010), Gilgamesh. O la angustia por la muerte. Barcelona, ed. Kairós.

Anónimo, (1975), Biblia de Jerusalén, Madrid, ed. Desclee.

Eliade, Mircea, (1978), Historia de las creencias y las ideas religiosas, Barcelona, ed.Paidos.