<< Todo lo que había oído sobre Samarkanda es verdad, excepto que es más hermosa de lo que había imaginado>> Alejandro Magno

Samarcanda (o Samarkanda) nos resulta una palabra familiar que nos evoca a épocas pasadas, a cuentos de las mil y una noches y a mundos de fantasía.
No es para menos. Fue y sigue siendo, una ciudad especial, mezcla de Oriente y Occidente, que vivió su mayor esplendor a raíz del S.XIV, cuando el gran guerrero Tamerlán, heredero del imperio de Gengis Kan, la convirtió en la ciudad de cuento con la que todos soñamos, puliéndola de tal manera, que lo que nos ha llegado a nuestros días, ha sido considerado por la UNESCO como Patrimonio de la Humanidad.

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No podemos comprender la suntuosidad e importancia que esta ciudad llegó a tener, sin nombrar la Ruta de la Seda, y sin hablar del hombre que escogió a Samarcanda para convertirla en la capital de su vasto imperio: Timur-i-Lek, Timur el cojo, conocido en Occidente como Tamerlán.

El emperador Tamerlán

Tamerlán nace en 1336 en Transoxiana, Uzbekistán, ciudad muy cerca  de Samarcanda, en el seno de una familia noble mongola. El sobrenombre de “el cojo” le viene de una enfermedad que sufrió en la niñez, que le haría arrastrar este problema de por vida.
Gran conquistador, que seguía fervientemente la religión musulmana, se decía que era cruel y sanguinario; poseía grandes ejércitos y su ambición no tenía límites, de hecho, murió mientras viajaba a China con la misión de conquistarla.

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Fue subiendo al poder poco a poco, heredando el imperio que perteneció a Gengis Kan; se casa además con una de sus hijas Bibi Khanum, proclamándose emir en 1370 y tomando la decisión de poner como capital para descansar entre conquista y conquista, a la muy bien situada ciudad de Samarcanda.

Sus ansias de poder y su inteligencia militar le llevan a conquistar unos ocho millones de kilómetros cuadrados de superficie entre Asia y Europa, haciéndose dueño de ciudades como Bagdad o Nueva Delhi y acercándose a la actual Moscú.

A partir de ahí, su principal obsesión sería restaurar todo el esplendor que había tenido hace años el Imperio Mongol, llevándole ésto además, a instaurar un nuevo tipo de política, derogando antiguas leyes y proclamando otras nuevas que a su modo de ver mejorarían el estado.
El imperio, llamado Timúrida, llegaría a abarcar lo que hoy sería lo siguiente: Turquía, Siria, Irak, Kuwait, Irán, Kazakstan, Afganistán, Rusia, Turkmenistán, Uzbekistán, Kirguizistán, Paquistán e India.

Su fama de sanguinario le precedía, se dice que hacía pirámides formadas por las cabezas de inocentes a los que iba decapitando en cada ciudad conquistada, no tenía escrúpulos y arrasaba todo a su paso tuviese vida o no, destrozando ciudades  históricas como Damasco o Bagdad.
En 1402 logra vencer al emperador Otomano Bayaceto, en la batalla de Angora (Ankara), siendo admirado y ganándose el respeto de los reyes Occidentales.

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Entre los reyes que lo admiraban, se encontraba Enrique III de Castilla que no dudó en enviar a un emisario, Ruy Gonzalez de Clavijo, acompañado de Alfonso Páez de Santamaría, a presentarle sus respetos y ofrecerle presentes. Ambos emprenderían un largo viaje hacia Samarcanda, llegando a la ciudad en 1404.
A su vuelta al reino hispánico, Ruy de Clavijo, escribe una memoria de su viaje que ha llegado a nuestro días, Embajada a Tamorlán, tratándose de un documento único que nos describe minuciosamente cada rincón de la idílica urbe.
Pasarían allí tres meses, y fruto de esta visita como regalo para Enrique III, Tamerlán le pondrá el nombre de Madrid a una ciudad cercana a la capital mongola, así como el nombre de una calle dedidada a Ruy de Clavijo.

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La ciudad de Samarcanda y la Ruta de la seda

Como bien hemos dicho al principio del artículo, no se puede entender Samarcanda sin mencionar la Ruta de Seda.
Se decía que no había tela como la seda y que rozaba la perfección, su secreto parecía sólo conocerse en China, pero desde este país, debía viajar en grandes caravanas hacia otros países asiáticos, hasta llegar también a Europa, entrando por Roma, e incluso a algunos países del Norte de África.
Recibió el nombre de Ruta de la seda precisamente por eso, por ser el género que predominada en esos viajes desde la lejana y milenaria China, aunque en los transportes también se podía encontrar entre la mercancía, piedras preciosas, especias, coral, marfil…
Los primeros viajes comenzaron el el S.I a.C, y podían llegar a durar años, por la cantidad de kilómetros que se recorrían;  las paradas, las ventas en diversos lugares …
En la Edad Media se hizo muy popular, por motivos económicos, y sobre todo, por el deseo de aventura.

Grandes personajes históricos como Marco Polo, la recorrieron dejando luego constancia de su puño y letra de todo lo que habían visto a cada paso de la larga ruta.

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La ciudad de Samarcanda, se encontraba casi en la mitad, geográficamente hablando, de la Ruta de la Seda,  en lo que sería  actualmente  Uzbekistán como hemos dicho anteriormente.
Su situación,  la hacía cómoda, y resultaba parada obligada para los cansados comerciantes.
Éstas ciudades o pueblos pequeños eran llamados caravasares, precisamente por ésto, por ser lugares de paradas para las caravanas de las rutas.

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Así la eligió Tamerlán para convertirla en una gran ciudad llena de lujos.

La ciudad original había sido creada en el S.VII a.C con el nombre de Maracanda, fue conquistada por Alejandro Magno en el 329 a.C, por lo árabes en el s. VIII d.C y por los mongoles en 1221.

No solo había lujos en la ciudad, destaca también por la cultura, siendo un lugar elegido por escritores y científicos para descansar y escribir.

Era el “centro del mundo” y en ella se construyeron mezquitas, bazares, mercados, palacios, diseñados por los mejores arquitectos del mundo conocido. Una particular arquitectura bajo las líneas árabes , destacando por la utilización de brillantes azulejos de las mejores calidades y grandes cúpulas azules.
El emperador construyó una imponente plaza central, llamada la Plaza de Registán, presidida por tres madrazas que aún hoy se conservan intactas, construidas bajo las normas árabes como hemos dicho antes, con los mejores materiales y destacando por un color azul que las hacía confundirse con el mismísimo cielo.
La primera madraza es la de Uluk Beg, al Oeste, cuyos mosaicos se inspiran en temas astronómicos.
Al Este la madraza Sherdar que tiene como símbolo de poder a la pantera presidiéndola, y por último Tilla Kari, la central que destaca por sus tonos dorados en la cúpula.

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Plaza de Registán

La ciudad, además, está llena de ricos mausoleos, uno de ellos se dice que tiene enterrado a un primo del mismo Mahoma (necrópolis de Shah-i-zhinda).
Uno de los templos más importantes construido en la época de Tamerlán es la de la Mezquita de Bibi Khanum, esposa de Tamerlán, se construyó durante un viaje del guerrero pero a su vuelta no le gustó y la destruyó para que su mujer la remodelase a su gusto. Para hacerla contaba con los mejores mármoles, tan pesados, que se cuenta que utilizaba elefantes para transportar los bloques.

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Esta construcción tiene su historia, contada precisamente en los escritos de Ruy de Clavijo.
Según cuenta, Tamerlán, se fue de viaje dejándole a su mujer la tarea de que terminase las obras tanto de la mezquita, como de la tumba que había comenzado a construir enfrente; para esto estaba ya asignado un arquitecto que se enamoró perdidamente de la reina. Ante varios intentos de disuadirlo, al final, embaucándola, accedió a que el arquitecto le diese un beso en la mejilla. Pero el arquitecto no quería “despegarse” y la reina hubo de separarlo dejando sus labios una fuerte marca en la cara de la joven. Al volver el emperador, se encontró la mezquita casi terminada, y emocionado por su belleza va a dar las gracias a su esposa, pero ve la marca, y se pone tan furioso que la tira al vacío, no llegando a morir, ya que la amortiguan sus pesados ropajes.
Esto deja constancia del carácter del monarca.

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Durante la visita de los embajadores castellanos, el emperador preparaba su invasión a China, dominada en ese momento por la Dinastía Ming, así que una vez que se marcharon, comenzó esta difícil empresa, y en éstas estaba, cuando en 1405 muere con 71 años de edad.

Pasamos a poner unas pequeñas líneas del manuscrito original de Ruy de Clavijo, en el Castellano de la época, donde describe algunos aspectos de la ciudad que le habían llamado la atención y que nos dan muestra de la riqueza de la urbe:
<<El Señor avía gran voluntad de enoblecer esta ciudad, ca en cuantas tierras el fue e conquistó, de tantas fizo levar gente que poblasen en esta ciudad e en su tierra, señaladamente de maestros de todas partes>>

<<De Damasco levó todos los maestros que pudo aver, así de paños de seda de muchas maneras (…) e los que labran el vidrio e barro, que los avía allí los mejores del mundo>>

Manuscrito original de Ruy de Clavijo

Manuscrito original de Ruy de Clavijo

También le llamó mucho la atención la cantidad de fiestas que el emperador celebraba, siempre sin reparar en gastos.

En definitiva, se trataba de una ciudad rica, con grandes construcciones, moderna, culta, y donde uno se podía encontrar todo lo que pudiese imaginar en la época.

La maldición de la tumba del emperador

Como hemos dicho, Tamerlán muere en 1405 en plena campaña; su cadáver fue embalsamado, envuelto con paños de lino y enviado en un ataúd de ébano a Samarcanda, enterrado en el Mausoleo Gur-a-Amir, que aún permanece en pie a día de hoy.
En su tumba reza la siguiente frase: “Si yo me levantase de mi tumba el mundo entero temblaría”, que muchos entendieron como una amenaza de maldición para que nadie profanase el enterramiento.

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Pero en 1941 un arqueólogo ruso, Mijail Gerasimov, exhuma el cadáver, simplemente para saber si fue o no descendiente directo de Gengis Khan; antes, había pedido permiso a Stalin, ya que al leer la inscripción de la tumba, tuvo miedo que la maldición se hiciese realidad y estallase la guerra.
Stalin dio el visto bueno y se abre la tumba el 22 de junio de 1941, todo el proceso fue filmado, incluido el momento en que el arqueólogo coge la cabeza del emperador y la levanta en un gesto de triunfo.
Da la casualidad que ese mismo día, el 22 de junio de 1941, Rusia es invadida por el Tercer Reich.
Año y medio después el cadáver vuelve a ser enterrado y al poco el ejército Alemán se rinde en Stalingrado.

Una inquietante casualidad …

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Ulugh Beg, nieto de Timur, mandó construir una placa en el observatorio astronómico de Samarcanda, que reza lo siguiente:

<<Las religiones se disipan como la niebla, los imperios se desmantelan, pero lo trabajos de los sabios quedan para la eternidad>>