Brujas, meigas y hechiceros.

La brujería y la magia nos remiten a un tiempo en el que el hombre se maravilla del mundo y percibía la naturaleza poblada de dioses y monstruos. El firmamento, el sol, la luna cobraban vida y significado, no eran meros cuerpos o hechos físicos, sino que contenían un sentido, un mana. Aún hoy día la contemplación de una noche estrellada tiene un significado, una belleza que no se reduce a la teoría científica.

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Se suele pensar que la religión o la magia  y la ciencia son los eternos rivales. Se tilda de superstición ese mundo del hombre primitivo, que se asomaba a la realidad con una visión dramática  de la Naturaleza. Pero curiosamente hay ciertos puntos de contacto. Autores como Durkheim compara la noción de mana, esta fuerza impersonal, con la noción de fuerza que maneja hoy día la física. Otro punto que se puede resaltar es el hecho de que el principio de la magia y de la ciencia es el mismo, el control de la naturaleza. Ahora bien, no se puede negar que los métodos y las explicaciones cambian.

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La magia y la brujería tienen unos fines técnicos, lo que le distancia del fenómeno religioso. Tanto la magia como la religión separan el mundo en dos ámbitos irreductibles, el ámbito de lo sagrado y el de lo profano. Sin embargo, la magia busca manipular el mundo sagrado para su propio provecho. De ahí la repugnancia de la religión frente a la brujería.

“La magia muestra una especie de placer profesional en la profanación de las cosas santas, en sus ritos vuelve del revés las ceremonias religiosas.” (Durkheim, Émile, Las formas elementales de la vida religiosa, pág. 86-87)

A pesar de ello la magia y la religión han estado vinculados desde el principio. Dejando de lado las disquisiciones filosóficas, me propongo hacer un repaso de la historia de la brujería en Occidente.

  1. La hechicería en el mundo clásico.

El origen de la hechicería se suele poner en la antigua Roma con el culto a la diosa Diana. Se la dividía según su fin: benévolo o malvado. La magia y la adivinación dirigida hacia el bien estaba legitimidad e, incluso, el mismo Estado se servía de ella. Un ejemplo del arte adivinatorio serían los famosos oráculos como el de Delfos, que perteneció primero a la Madre Tierra y luego a Temis y a Apolo.

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La magia maléfica quedo asociada a la noche y a la luna. De ahí que la brujería tuviera como deidad a la propia Luna con todos sus nombres. En el mundo griego era conocida como Artemisa, mientras que en el romano como Diana. Pero se le vinculan dos nombres más: el de Selene y el de Hécate, soberana de los muertos.

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“Selene, Hécate, Diana son divinidades en torno de las cuales se desarrolla todo un ciclo de ideas que cabría designar como «ctónico- lunares» (…) están cargadas de un peculiar significado sexual: son las dioses vírgenes de un lado o las del amor misterioso de otro,” (Caro Baroja, Julio, Las brujas y su mundo, pág. 54)

Dentro de la mitología se destaca además dos hechiceras famosas, Medea y Circe. A Medea se la considera en ocasiones como nieta de Circe y del Sol (Helio) y en otras como hija de Hécate, patrona de las magas. En esta última tradición Circe y Medea serían hermanas.

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El papel de Medea en la aventura del vellocino de oro la convierte en el prototipo de las hechiceras. Gracias a ella y a sus ungüentos y hechizos Jason logra sobrevivir a las quemaduras de los toros de Hefesto y al dragón. Ayudó también a conseguir el vellocino robándoselo a su padre y huyendo con Jason, que había prometido hacerla su esposa. Pero Jason no cumple su palabra, por lo que Medea decide vengarse. Jason y Medea vivieron juntos un tiempo en Corinto, hasta que el rey Creonte quiso casar a su hija con el héroe desterrando a Medea. Medea le pide al rey un día para poder prepararse, pero lo que hace es llevar a cabo su venganza. Envía por medio de sus hijos un traje y unas joyas envenados a la joven esposa, que le abrasaron con un misterioso fuego. El mismo destino corre el rey, su padre, al intentar ayudarla. Mientras Medea da muerte a sus propios hijos en el templo de Hera y luego escapa hacia Atenas en un carro tirado por caballos alados, regalo de su abuelo, el Sol.

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Medea es la representación de un arquetipo femenino trágico, que la presenta como una mujer de fuerte erotismo y urdidora del mal y de la venganza. Ella misma lo reconoce en su soliloquio cuando trama la vendetta por la infidelidad de su marido. Medea es conocedora de la scienctia o técne. Se creía que las hechiceras poseían estas técnicas y que eran capaces de ejercer su poder sobre la Naturaleza.

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Circe, a la que también se la considera hija de Hécate, juega el papel de maga en la Odisea. Cuando el barco de Ulises llega a la costa de la isla de Ea se encuentra con Circe. Ulises mandó a parte de sus hombres a reconocer el terreno y éstos, excepto Euríloco, participaron en un banquete que les ofrecía la maga. Pero tan pronto como Circe los toca los hombres quedan convertidos en distintos animales, dependiendo de su carácter. Euríloco regresa al barco espantado y le cuenta a Ulises lo sucedido, que decide intentar convencer a la hechicera. En el camino del héroe se le presenta el dios Hermes que le comunica el secreto para vencer a Circe. Si echa una planta mágica, llamada moly, en la comida y bebida que la bruja le ofrezca no le ocurrirá nada. Ulises obedece las instrucciones del dios y después desenvaina la espada haciendo que Circe le prometa desencantar a sus hombres. Después de esto Ulises pasa un año en compañía de la hechicera, con la que llega a tener varios hijos.

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El mundo de la brujería queda vinculado sobre todo a las mujeres. A las hechiceras se las consideraba capaces de cambiar de aspecto y adaptar la apariencia de algún animal y usar las entrañas de los cadáveres para componer hechizos. Éstos servían normalmente para atraer a los hombres o, como Circe, para convertirlos en animales.

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“la creencia de que ciertas mujeres (no fuerza viejas siempre) eran capaces de transformarse a voluntad y transformar a los demás en animales, podían también realizar vuelos nocturnos y meterse en los sitios más recónditos, haciéndose incorpóreas, eran expertas en la fabricación de hechizos para hacerse amar o para hacer aborrecer a una persona (…) Estas mujeres para realizar sus maldades tenían conciliábulos nocturnos en los que consideraban a la Noche, a Hécate y a Diana como divinidades protectoras o auxiliadoras en la fabricación de filtros, bebedizos, etc.” (Caro Baroja, Julio, Las brujas y su mundo, pág. 70-71)

Continuara…

Bibliografía:

Caro Baroja, Julio, (2010), Las brujas y su mundo, Madrid, ed. Alianza.

Durkheim, Émile, (2008), Formas elementales de la vida religiosa, Madrid, ed. Alianza.

Eurípides, (2008), Tragedias I, Medea, Madrid, ed. Gredos.

Graves, Robert, (2009), Los mitos griegos, ed. Coleccionables.

Grimal, Pierre, (1981), Diccionario de Mitología Griega y Romana, Barcelona, ed. Paidós.

Homero, (2000), Odisea, Madrid, ed. Gredos.

Si la semana pasada se recorrió el nacimiento de la brujería en el mundo clásico, en esta se introduce el auge del cristianismo y  su mezcla con las creencias anteriores. Se presenta, pues, la historia de la brujería en la Alta Edad Media y las leyendas provenientes del  mundo celta y germánico.

  1. Paganismo y cristianismo.

El choque de dos culturas produce siempre una mezcla y una alteración de las creencias. Se puede apreciar muchos ejemplos a lo largo del tiempo, como el caso de la mitología clásica en la que los dioses se transforman y cambian de nombre tomando las características de otros anteriores. Éste también es el caso del cristianismo, que trato o bien de conferir a las fiestas y dioses paganos de un sentido cristiano o bien de desterrarlos de la memoria de la gente. Pero esto último es más complicado, por lo que se suele optar por lo primero. De esta manera festividades como la del solsticio de verano, dedicado en la época pre cristiana al dios Velenos, paso a ser la fiesta de San Juan. Aunque curiosamente la costumbre de encender hogueras pervive en algunos lugares de Europa. Esto mismo ocurre con la magia y las brujas, que quedan asociadas al demonio. Corren pareja suerte las tradiciones clásicas como la de origen celta o nórdico.

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  • Las divinidades paganas.

En estas tradiciones ocurre lo mismo que en el mundo clásico, es decir, se distingue una magia usada de forma oficial y legitima de otra relacionada con ciertas mujeres. Por ello en la zona de Alemania el papel que jugaba Diana o Hécate en Roma lo juega la hechicera Holle o Holda y Herodiade.

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Según las leyendas y cuentos Holle es una diosa del tiempo atmosférico, asociada sobre todo al invierno. Se decía que nevaba cuando Frau Holle sacudía su almohada. Se la suele representar cabalgando a lomos del viento. Se la ha relacionado también con las diosas lunares y de la fertilidad. De ahí que fuera protectora de los alumbramientos. En uno de los cuentos de los hermanos Grimm aparece como una vieja hechicera, que tiene como responsabilidad hacer nevar sacudiendo su almohadón. La historia narra la historia de dos hermanas, una trabajadora y buena, la otra perezosa. Al final del relato Holle premia a la buena y castiga a la holgazana. El cuento lleva el nombre de Frau Holle o Madre invierno.

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Etimológicamente se puede encontrar una conexión entre ella y  Hel, diosa de los infiernos e hija de Fenrir el lobo- Hölle en alemán es infierno. Antes del cristianismo solía ser considerada una diosa protectora, pero su vínculo con la diosa Hel y con la luna la llevo a tomar un papel más oscuro. Por ello se convirtió en la protectora de las brujas y éstas volaban, según las creencias populares, para celebrar sus conventículos presidios por Diana o por Holde.

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“Hay que añadir, además, que ciertas mujeres criminales, convertidas a Satán, seducidas por las ilusiones y fantasmas del demonio, creen y profesan que durante la noche, con Diana, diosa de los paganos (o con Herodiade) e innumerables multitud de mujeres, cabalgan sobre ciertas bestias y atraviesan los espacios en la calma nocturna, obedeciendo a sus órdenes como a las de una dueña absoluta.” (Canon Episcopi; Caro Baroja, Las brujas y su mundo, pág. 97)

  • Las meigas y bruxas gallegas.

En otras tradiciones se pueden ver personajes similares que son asociados al demonio y a la brujería con la entrada del cristianismo. En la cultura celta están las druidesas, hechiceras de la zona de la Galias en la época del Bajo Imperio Romano que eran consultadas incluso por personas importantes.

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Otro ejemplo serían los cuentillos sobre meigas o bruxas provenientes de Galicia. Según la tradición no todas las meigas eran maléficas, pero sí la mayoría. Lo que hoy en día es un símbolo de la nacionalidad gallega era en aquel entonces un estigma social. Se las considerada como causantes del mal de ojo o meigallo,  también se creía que chupaban la sangre de los jóvenes y agotaban los campos. Aún hoy en los pueblos de Galicia se coloca una planta encima de la puerta de entrada para ahuyentar el meigallo. La Queimada o con su conxuro sirve para el mismo fin, alejar a las bruxas y encantadoras.

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“Hay gentes en Galicia que creen el Meigallo cosa cierta, considerándolo como obra de la envidia. Se introduce en el cuerpo de la persona que ha sido elegida, y que es generalmente una joven abandonada por su novio, o una mujer que se cree víctima de una envidia. La persona que padece este embrujamiento no entra de buen grado en la iglesia ni atiende a la misa; pero los parientes y amigos o amigas le obligan a oír la misa cantada; (…) no cesan de decirle un poco sobrecogidos y autoritarios: ¡bótao fòra! ¡bótao fòra!” (Eladio Rodríguez González, Diccionario enciclopédico gallego- castellano)

Una explicación de este meigallo o encantamiento es que en las zonas rurales se tenía a la enfermedad como un castigo mágico. De ahí la cantidad de lugares que en estas tierras tiene una fuente o cueva con propiedades sanadoras, como es el caso de San Andrés de Teixido, y la multitud de medallones y talismanes.

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“Paganismo y catolicidad se asocian en los promiscuos ensalmos de la Galicia labriega. Sobra ejemplos (…) Muchos talismanes giran en la eterna órbita de la piedra y de los huesos de animales totémicos. Al cayado aórtico del ciervo se le atribuyen fantásticas virtudes terapéuticas; y es prodigio que acaso arranque de la prehistoria. La cabra montesa, buena conocedora de antídotos vegetales, cría en su buche la piedra beozar, que en la Edad Media alcanzó precios de escándalo” (Sánchez Dragó, Fernando, Gárgoris y Habidis. Una historia mágica de España, pág. 316)

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Entre las leyendas gallegas se encuentra también la de los mouros. Los Mouros son los agentes de la magia y los que esconden los tesoros en estas tierras. Nada tienen que ver con los moros y musulmanes, sino que son una raza mitológica a la que se ha relacionada con los elfos, hadas, trasgos o gnomos. Su significado sería el de foráneo, forastero, lo diferente. Según las leyendas los mouros guardan los tesoros acumulados o escondidos en los famosos castros gallegos. Se cree que estas historias se pueden deber al hecho de que en el tiempo de los romanos se extraía gran cantidad de metal de Galicia y en general de España.

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  1. La respuesta de la iglesia ante la brujería en la Alta Edad Media.

Se podría seguir recopilando historias y leyendas sobre la magia y las brujas por las tradiciones de los pueblos de Europa, pero llevaría demasiado tiempo. Ahora me voy a centrar en la respuesta de la iglesia a estas creencias populares que llegan a anclarse en tiempos muy remotos y que incluso hoy siguen vivas en algunos lugares. Resulta curioso destacar que la postura de los padres de la iglesia, como San Agustín de Hipona, era mucho más racional que la que se ve en el Renacimiento y en la época Moderna.

No pone en duda la creencia de las gentes en las brujas y los encantamientos, sino la realidad de lo que se narra que ocurre en los conventículos. Tales historias de vuelos nocturnos y transformaciones mágicas las explican como un ensueño imaginativo, es decir, como producto de la fantasía de las gentes simples.

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Un ejemplo de ello es la respuesta de un sacerdote ante lo que le contaba una feligresa, que juraba ser una bruja y poder entrar en su casa cuando estaba todo cerrado. El cura le hizo entrar en la sacristía y mientras la golpea le preguntaba por qué no salía volando. Pero viendo que la mujer no se movía añadió: “Bien veis que sois unas locas al creer en vuestros sueños insensatos”. Ésta es una muestra de lo que pensaban la gente de iglesia en aquellos tiempos, considerados normalmente como una época atrasada. “Sueños: he aquí la clave de todo, y sueños de vejezuelas parleras y pretenciosas. Más no podría haber dicho un racionalista del siglo xix.” (Caro Baroja, Julio, Las brujas y su mundo, pág. 100- 101)

La iglesia en ese momento intentaba superar esas viejas creencias, que seguían arraigadas en el pueblo. Para vencer las leyendas y el miedo en las hechiceras, en resumidas cuentas, para distanciarse del paganismo había que negar la realidad de los mismos. A partir de las conversiones masivas se creyó que el cambio era sólo superficial y que la gente mantenía a la vez sus antiguas creencias. De ahí que muchos sacerdotes y doctores de la iglesia consideraran aquello fruto de la superstición e, incluso, hablaban de ciertas drogas y sustancias, que eran las que les hacía creer en aquellos vuelos y reuniones.

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El famoso “canon Episcopi”, cuyo autor se desconoce, no se divulga hasta el siglo ix. Es en él donde se reúne una teoría sobre el culto de brujería. No se sabe mucho de quien lo escribió, pero sí se puede deducir que era lo suficiente culto como para conocer a Horacio. En el texto se intenta racionalizar los cultos paganos y las creencias en las hechiceras. Resulta curioso que, a pesar de criticar estas prácticas, sea uno de los documentos que recoge lo que considerada perteneciente al culto a Diana y al mundo de la magia. La primera mención a un aquelarre se puede ver entre sus páginas.

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Esta tendencia racionalista en la iglesia se mantiene hasta los siglos xii y xiii con la aparición de la Inquisición. El cambio en la mentalidad de la iglesia se produce cuando el cristianismo es ya la religión dominante, cuando no tiene que luchar contra las ideas de las religiones anteriores.

“Ahora bien, mientras el Paganismo aún tuvo fuerza social, mientras se pretendió convertir a la fe a pueblos que no conocían el Cristianismo o se resistían a él, el hombre de Iglesia dialogó, argumentó a favor de sus creencias. Cuando la cristiandad fue absoluta y la autoridad eclesiástica tuvo el poder a su servicio, la postura cambio.” (Caro Baroja, Julio, Las brujas y su mundo, pág. 107)

Si es cierto que hubo un racionalismo dentro de la Iglesia en la Alta Edad Media, también lo es que muchas de las creencias y de los personajes propios del mundo griego, romano, celta o germánico sobrevivieron a esta cristianización o se mezclaron con ella. En el apartado anterior ya se han puesto ejemplos de creencias gallegas que todavía siguen vivas en las aldeas, aunque sea como parte de la identidad nacional. Las meigas, brujas y cultos paganos se mantienen también en el inconsciente colectivo del europeo, como afirma Jung.

Bibliografía:

Ávila Granados, Jesús, (2007), La mitología celta, Madrid, ed. Martínez Roca.

Caro Baroja, Julio, (2010), Las brujas y su mundo, Madrid, ed. Alianza.

González Reboredo, Xosé M, (2004), Leyendas Gallegas, Vigo, ed, Galaxia.

Grimm, Jacobo y Guillermo, (2004) Todos los cuentos de los hermanos Grimm, Madrid, ed. Rudolf Steiner.

Lortz, Joseph, (1982), Historia de la Iglesia. En la perspectiva de la historia del pensamiento, Madrid, ed. Cristiandad.

Rodríguez González, Eladio, (1958- 1961), Diccionario enciclopédico gallego- castellano, Vigo, ed. Galaxia.

Sánchez Dragó, Fernando, (2004), Gárgoris y Habidis. Una historia mágica de España, Barcelona, ed Planeta.

El recorrido por la historia de la brujería en Europa da fin con este artículo, en el que se presenta el delito de brujería propio de la Inquisición y las distintas leyendas concernientes a la noche de Walpurgis y al Sabbath. Es cierto que el tema es inagotable, pero con este artículo lo cierro ya, quien quiera puede seguir investigando en estas leyendas y en el folclore europeo que es muy rico.

  1. La inquisición y los procesos por brujería.

Las grandes persecuciones en Europa por brujería comienzan entre 1230 y 1430. La causa son las guerras albigenses (1209- 1218) en el sur de Francia, aunque hay una bula papal del año 1184 que puede considerarse su antecedente. Hay que tener en cuenta que en esta bula no se menciona la pena de muerte. El papá Gregorio IX convierte esta institución, encargada de perseguir las herejías, en algo permanente y dejándola al cargo de la Santa Sede. Los dominicos serán nombrados los inquisidores. Así empieza una de las etapas más oscuras del cristianismo, tanto católico como protestante, ya que los reformadores continuaron con estas prácticas.

La sociedad cree en una dualidad del mundo, herencia del maniqueísmo. Esto lleva a pensar en la separación de dos realidades, de dos señores en el mundo, Dios y el demonio. La estructura feudal, de servidumbre, se traslada al mundo del espíritu, lo que conduce a pensar en que hay un servicio a la divinidad y otro al diablo. La conciencia pública admitía la posibilidad de dejar el servicio a Dios y seguir al demonio. Éste proporcionaba lo mismo que los señores feudales o los reyes, protección y amparo a cambio de sumisión. Con ello la brujería no se asocia ya tanto a viejos cultos a las diosas Diana o Holde, sino a una demonolatría.

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Hay otro cambio fundamental, el cambio de mentalidad. Los propios hombres de iglesia dejan de pensar que lo que ocurría en las reuniones de las hechiceras era producto de la fantasía de gente inculta, se le otorga realidad a estas creencias. No sólo se piensa que son vestigios de las religiones paganas, sino que a las brujas se las consideras dentro de cultos herejes, son adoradoras del demonio. Comienza a desarrollarse la idea del Sabbath, que es el día en el que se celebran las reuniones de las brujas con el Demonio.

“se formó, como digo, de modo bastante rápido, tomándolo como base, un cuerpo de doctrina teológico- legal en el que la vieja bruja ya no aparece como un ser entregado a sus fantasías e ilusiones perversas, ni como una adepta de antiguos cultos idolátricos, sino, simplemente, como servidora del demonio, del Demonio con forma física” (caro Baroja, Julio, Las brujas y su mundo, pág. 118).

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Al código Episcopi le siguen una serie de obras que toman como reales los conciliábulos de las brujas, entre los que cabe destacar el Malleus maleficarum.  Esta obra escrita por Enrique Institor y Jacobo Sprenger vio la luz en 1486 y en él se desarrolla lo que es el delito de brujería. Tanto los inquisidores como los jueces civiles darán crédito a estos escritos y a las historias en él recogidas. En muchas ocasiones son los tribunales civiles los que se comportan de forma más rígida y severa. Aunque hay que tener en cuenta que muchos pensadores, juristas y hombres de iglesias se negaron a creer en tales supersticiones, incluso jugándose ser inculpados por herejes. Un ejemplo de los siguieron la interpretación del canon Episcopi sería en España fray Lope de Barrientos, obispo de Cuenca en el siglo xv.

Sin embargo, habrá que esperar hasta bien entrado el siglo de las luces para que la disputa entre los que defendían la realidad de los conjuros, vuelos y demás cuentos sobre brujas y los que lo negaran se termine. Este cambio no se produce de la noche a la mañana, sino que es un proceso lento. De ahí que en algunos países como Holanda se sigan encontrado en este siglo creencias arraigadas sobre la magia y la brujería.

“durante todo el siglo xviii en muchos países se siguió condenando severamente a brujos y hechiceros, mientras que en otros, le supuesto delito quedó reducido a un delito común, equiparable a los fraude y engaño, y esto por influencia de magistrados que poco o nada tenían que ver con la ilustración, como los mismos inquisidores españoles.” (Caro Baroja, julio, Las brujas y sus mundo, pág. 266)

Los escritos de Voltaire y otros ilustrados como Goya criticaron este tipo de creencias. En los textos de Kant, filósofo alemán, se encuentra una postura contraria a cualquier tipo de superstición, Schwärmerei, como la denomina el propio pensador. Estas críticas van alzando la voz contra la creencia en las brujas hasta que la persona que cree en ello es considera simple o crédula. Aunque es cierto que la zona rural se mantienen tales supersticiones y leyendas. Y es que las brujas son parte de nuestra herencia, de nuestro imaginario común.

  1. Hechiceras o brujas.

La brujería tal y como se describe en los tratados que surgen en el centro de Europa se distingue de lo que se ve en las zonas de Italia y España. Se podría distinguir entre la bruja, cuyo ámbito es el rural, y la hechicera de corte clásico, que se mueve en la urbe. La Celestina sería el ejemplo más claro de este tipo de mujer dedicada a la magia. Pero en este caso no se trata de reuniones presididas por el Demonio en forma de macho cabrío o de perro, sino una mujer que se dedica a servir de alcahueta y que tiene bajo su protección a rufianes y prostitutas. Se vale de magia y encantamientos eróticos y crea pócimas a base de plantas y otras sustancias.

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Obviamente este tipo de hechicera trabaja sola, no precisa de reuniones ni de pactos con el Demonio. Es una hija de la ciudad, en ella se mueve y en ella enreda con sus planes y conjuros. Su imagen es bien distinta de esa otra mujer que emplea la magia, pero que, según las leyendas y textos de la época, se dedica a servir al Demonio. Las leyendas gallegas y vascas se acercarían más a la bruja rural, que al prototipo de la Celestina. De las meigas ya se habló la semana pasada, de la brujería vasca habría que destacar las famosas brujas de Zugarramurdi. En 1610 se levanta un proceso que llegó a inculpar hasta trescientas personas.

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La bruja del mundo rural tendría su ejemplo perfecto en la tradición alemana, aunque no se da con exclusividad en estas tierras. Se dice que podían salir, en ocasiones gracias a un ungüento que les proporcionaba el Demonio, volando en un palo o en una escoba y transportarse a lugares donde se celebran festines y orgías con los diablos. La descripción que aparece en la obra de Goethe, cuando Mefistófeles y Fausto van a ver a la bruja, es una síntesis perfecta. Allí se ve a la vieja sirviente que reconoce al demonio como su señor acompañada de sus monos, como los típicos familiares de las brujas, el caldero y los hechizos. Tal y como se presenta en el imaginario común, ella aparece y desaparece sin necesidad de puertas y de su boca sale el conjuro que hará a Fausto recobrar la juventud.

Walpurgisnacht oder das "gottlose und verfluchte Zauberfest"

En la misma obra se encuentra la noche de Walpurgis celebrada en la cordillera del Harz, que es una fiesta clásica asociada a las brujas. La noche de Walpurgis coincide con el primero de mayo, es decir, con la entrada ya de la primavera. Hay en toda Europa festividades asociadas con este mes, por ejemplo la festividad de los mayos, que consiste en bailar el primer domingo de este mes alrededor de un árbol colocado en la plaza del pueblo. El origen de esta fiesta como el de la noche de Walpurgis es anterior al cristianismo. La diferencia es que la fiesta de los mayos fue aceptada por la iglesia, mientras que la noche de Walpurgis se relacionó con el nacimiento de Satán o con la fiesta de Santa Walpurgis. Los especialistas han encontrado elementos del folklore germánico, ya que los conciliábulos de las brujas coinciden con las reuniones de las Walkyrias, divinidades de la mitología nórdica encargadas de seleccionar a los guerreros para el Valhalla.

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También se pueden ver otras fechas señaladas en el calendario que concuerdan con las reuniones de las brujas, como son las de los solsticios o la víspera de todos los santos, esto es, Halloween. En la noche del solsticio de invierno, lo que sería la navidad cristiana, se pueden oír, según algunas leyendas, estrépitos producidos por ejércitos misterios o almas en penas. Se creía en algunas zonas de Europa que en este tiempo las brujas con forma de lobo o de cualquier otro animal entraban en las casas de los vecinos y se bebían su cerveza. Obviamente tanto el solsticio de invierno como el de verano tienen un origen anterior al cristianismo. La noche de Halloween es otra festividad antigua de origen celta, llamada Samhain o Samian. Para los celtas era una fecha asociada a los muertos, donde las fronteras entre el mundo de los vivos y de los muertos se debilitan. De ahí que espíritus y brujas podían andar a sus anchas en esta noche. Para impedir que entraban en las casas se les dejaba en la puerta una ofrenda, lo que ha dado lugar a “truco o trato” en la sociedad anglosajona.

Bibliografía:

Ávila Granados, Jesús, (2007), La mitología celta, Madrid, ed. Martínez Roca.

Caro Baroja, Julio, (2010), Las brujas y su mundo, Madrid, ed. Alianza.

Goethe, Johann Wolfgang von, (2007), Fausto, Madrid, ed. Catedra.

González Reboredo, Xosé M, (2004), Leyendas Gallegas, Vigo, ed, Galaxia.

Lortz, Joseph, (1982), Historia de la Iglesia. En la perspectiva de la historia del pensamiento, Madrid, ed. Cristiandad.

Sánchez Dragó, Fernando, (2004), Gárgoris y Habidis. Una historia mágica de España, Barcelona, ed Planeta.